Fotografía y muerte

En pleno Romanticismo, la muerte está de moda. Igual que se encargan joyas -alfileres, pulseras- realizadas con pelo de los seres queridos muertos,  también se realizan retratos post-mortem. Algunos de estos retratos son sur son lit de mort, en el lecho de muerte. Otros intentan simular vida.

La fotografía, por su propia naturaleza, ayuda a la difusión de las recientes ciencias espíritas. Por una parte, aquellas enormes cámaras tienen algo de mágico, son capaces de atrapar la luz de un instante. No parece impensable que también puedan capturar lo que a los sentidos humanos se le escapa.

Además está la propia naturaleza técnica de la máquina, que de por sí crea fantasmas en el negativo: ciertas sombras, ciertas luces, sujetos movidos. El barón Carl Ludwig von Reichenbach trató de apresar en una cámara la fuerza ódica. Más adelante, ya terminando el siglo, el Dr. Hippolyte Baraduc, trataría de hacer un experimento propio de Poe: fotografiar el alma en tránsito de su esposa moribunda.

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En 1856, el reputado científico Sir David Brewsterl escribe como realizar fotografías de espíritus, a modo de diversión de salón: Applications of the Stereoscope to Purposes of Amusement. Pero son muchos los que se lo toman en serio.

Y en el año de Caen Estrellas Fugaces, 1859, William Mumler fotógrafo norteamericano comienza a realizar sus tarjetas de visita con espíritus. Tanto será su éxito que llegará a retratar a la viuda de Lincon con el fantasma de su marido poniéndole las manos en los hombros. Aunque se le intentó acusar de fraude y fue investigado por expertos, no consiguieron detectar engaño alguno. Un ilustre émulo sería, ya décadas después, Sir Arthur Conan Doyle con su The Case for Spirit Photography. 

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