Melquiades Granada, el policía moderno

Melquíades Granada es inspector del Cuerpo de Seguridad Pública de Madrid. Un hombre notable; él solo resolvió el famoso crimen de las hermanas panaderas, de la calle Hortaleza.

Más joven y con más barriga de lo que uno esperaría de su cargo, resulta un gigante imponente. Luce bigotes cortos engomados en punta, barba larga, la cabeza completamente calva, los ojos de un azul húmedo. El inspector Granada va vestido con pulcritud, el chaleco abotonado y la cadena del reloj cruzando de bolsillo a bolsillo. En el dedo corazón lleva dos alianzas.

En 1859, la policía es un organismo de creación más bien reciente, unos treinta y cinco años. No está muy bien definido y continuamente salen nuevas leyes acerca de su organización y atribuciones. La investigación criminológica brilla por su ausencia, se desconoce la existencia de las huellas dactilares, los policías no recogen pruebas ni existe ciencia forense ni se toman fotografías en la escena del crimen.

El trabajo del policía se ve lastrado por sus raíces, los ominosos tiempos de Fernando VII, muy emparentadas con el espionaje político y la delación. Muchos de aquellos primeros agentes de la ley eran considerados simples chivatos, cuando no matones al servicio del poder. Antes de encontrar la verdad, al policía del XIX le resulta primordial mantener el orden. También es responsabilidad suya tener bien informados a sus superiores políticos. 

Juan M. Blanes.  Museo Nacional de Artes Visuales, Montevideo

Desde Francia e Inglaterra, sin embargo, llega una nueva idea de la policía: se anhela una institución con vocación moderna, unida a la conformación de las ciudades -al urbanismo- y al servicio del ciudadano.

A raíz de una depresión que sufre a causa de la muerte de su esposa, Melquíades Granada acaba pasando un tiempo en Londres, acaso escapando de sí mismo. Allí se empapa de los primeros métodos científicos para luchar contra el crimen. Colabora con Nicolas Pearce, uno de los primeros detectives de Scotland Yard y queda fascinado por los métodos del primer Cuerpo de Policía moderno.

A su vuelta a Madrid, el inspector Granada se convierte en el paradigma español de esta nueva policía con vocación científica. Granada acaricia algunas ideas bastante rompedoras que hacen que sus compañeros de comisaría le miren como a un loco: un subalterno suyo toma dibujos de la escena del crimen, o se vale de un experto en anatomía que examine los cadáveres. Lo que ocurre es que todavía no está muy claro qué es científico y qué no: todo es nuevo para el investigador criminal.

 

Anuncios